SEGUNDA CARTA A SOR GENTRUDIS.

Natural de Tolosa. Profesó el 2 de abril de 1886. Fue Consejera General y varias veces Superiora del Colegio de Santa Ángela de Osuna. Murió en la Casa madre el 27 de diciembre de 1937.
Somos muchas las que hemos conocido y convivido con M. Gertrudis y las que algún día recibimos de ella no una regañeta (que no daba para tanto el «fogonazo»), sino una exclamación, un gesto de protesta o un tirón del papel del canto que teníamos en las manos No nos asustaba demasiado. Sabíamos que aquello no era nada.
A cambio de esto, muchos días, todos los días, M. Gertrudis nos daba, con su ejemplo, grandes lecciones de humildad, de obediencia, de delicadeza de conciencia, de tenacidad en el trabajo, de dureza consigo misma.
Vasca, de carácter fuerte y capaz de reaccionar en positivo, de girar 180 grados cada vez que fuera necesario empezar de nuevo.
Fue también un modelo en su fidelidad a nuestros Fundadores, por quienes sentía una gran admiración y cariño.
Sabemos de sus padres que eran profundamente cristianos y que tuvieron la suerte de tener sus siete hijos, todos sus hijos, religiosos.
Benditos y alabados sean los SS. CC. de Jesús y María.
Antequera, 10 de agosto de 1898.
Mi querida hija Sor Gertrudis.
Tantos deseos como tenía de recibir carta tuya, pues desde que te fuiste no había recibido una letra, y anoche recibí la tuya, que me ha causado mucha pena, pues aunque yo haya tratado poco a tu madre, la apreciaba y he sentido mucho te hayan dado, tan de improviso, tan triste noticia. Pues ya me figuro el rato tan amargo que has pasado. Por si desgraciadamente pasaba lo que ha pasado se le escribió a tu hermano para que, si desgraciadamente ocurría lo que ha ocurrido, no te lo dijeran a ti directamente, sino que escribieran aquí; pero se conoce que no ha llegado a tiempo la carta, que salió en el correo del domingo y se ha cruzado. Pues, hija mía, nada tengo que decirte, porque tú, como buena cristiana y temerosa de Dios, sabrás resignarte con las disposiciones del Señor. Tienes, en medio de tu pena, un motivo de satisfacción al ver que pocos padres tendrán la dicha de los tuyos: tener todos sus hijos consagrados al Señor. ¡Cuánto consuelo recibirá esa tan buena cristiana madre con los sufragios que recibirá de sus hijos y cuánto le habrá premiado el Señor las buenas doctrinas que enseñó a sus hijos! Hija mía, esto debe servirte de mucho consuelo y, aunque tengas la pena de no haberla visto en tantos años ya en el cielo os veréis todos al lado de tan santa madre, que Dios la tenga en su gloria.
Ya sabrás por M. Magdalena te vendrás el día después de la Virgen. Mucho me alegraré, para que pases a mi lado estos primeros días, que tan amargos son cuando se pierden personas tan queridas. Recibe el más cumplido pésame de esta comunidad. Sor Eufemia te quiere escribir; está malilla. Yo también tengo, hace dos días, un fuerte dolor de costado.
Recuerdos a las hermanas. Te deseo mucha conformidad y que no te abandones en la alimentación; ya sabes que enfermas, no se vale para nada ni se puede servir al Señor como se desea. Ya hoy ha ofrecido toda la comunidad la comunión por la difunta (q.e.p.d.), ya lo sabe mi sobrino y a don José se le dirá, que es Jueves y vendrá.
Mucho siente tu justa pena tu Madre, que no te olvida en sus oraciones y os bendice,
SOR CARMEN DEL NIÑO JESÚS.

En esta carta no se mezclan asuntos. Es sólo para Sor Gertrudis. Hay un motivo que lo justifica: ha perdido a su madre, a la que hacía muchos años que no había visto. Ahora ha vivido a distancia su enfermedad y las tremendas horas de dolor de su muerte.

Por delicadeza y ternura en su relación comunitaria, la Madre había pensado y preparado el modo de suavizar a la hermana este trance doloroso de la muerte de su madre. Una vez pasado desea estar cerca de ella, procurándole alivio y conformidad.
La Madre vivió profundamente el espíritu de familia que quedaba marcado en las Constituciones. Por eso la vemos sufrir y consolar a sus hermanas; pero aún más, el aprecio se extendía a las familias de cada una como aquí dice referente a la madre de Sor Gertrudis—. Nos viene al recuerdo aquel gesto de Francisco (2 Ce. 58. Esp. Perfc. 38) socorriendo a la madre de dos frailes, llamándola «nuestra madre..., pues tenía la costumbre de llamar a la madre de cualquier religioso madre también suya y de todos los demás frailes».
El consuelo que quiere dar lo apoya en el mismo Dios, e invita a mirar a este Dios con el amor y reverencia del hijo que se sabe amado por el Padre, que todo lo dispone para su bien y que responde con creces al amor que se le entrega.