Sor Fidela. ¿Quién era? Una hermana catalana, de temperamento nervioso, activa. La recordamos expresiva y conversadora.

Profesó temporalmente el 16 de julio de 1892. Desempeñó varias veces el oficio de Superiora. Murió en el Sanatorio Marítimo de Barcelona, a los ochenta y seis años de edad.
Benditos y alabados sean los SS. CC. de Jesús y María.
Antequera, 12 de febrero de 1898.
Mi querida hija Sor Fidela:
He recibido la tuya y mucho me alegro estés contenta. Ya le debes estar agradecida al Señor, que tan gran beneficio te ha hecho ahora al consagrarte toda a El. A no perder, así ni un momento que no estés consagrada a tu Dios. Que procures estar siempre muy recogida para guardar la presencia de Dios, y no pierdas jamás el tiempo en conversaciones inútiles y acaso perjudiciales, sino que todas tus conversaciones y aspiraciones sean sólo para tu Dios y la guarda de la santa Regla con toda exactitud, a fin de que te hagas una santa, que es lo que desea tu Madre, que te quiere,
SOR CARMEN DEL NIÑO JESÚS.

Es una carta de respuesta a la de Sor Fidela en la que le comunica que ya es un hecho su Profesión religiosa.

La noticia tiene fuerte resonancia en el corazón de la Madre, que comparte con la recién profesa el gozo por el don recibido.
Y por eso, porque se trata de un don, la primera mirada al Dador de todo bien porque ha hecho cosas grandes. Pero el don que ha recibido la hermana no es simplemente algo que debe valorar y guardar para que no se pierda. Es, sí, una invitación a mantener la actitud humilde de Pablo: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» Y la de Francisco de Asís en su tan repetido: «El Señor me dio.»
Para Madre Carmen, la Profesión es «un gran beneficio» que reclama de Sor Fidela una respuesta viviendo a la altura de la gracia recibida, una respuesta de amor al Amor gratuito de Dios, una actitud de fidelidad a la alianza. Y esto no por un momento ni por unos días, sino siempre, sin perder tiempo.
Madre Carmen puede decir que la caridad de Cristo la urge y siente la necesidad de urgir a sus hijas a caminar sin rodeos a la santidad.
Nada de aspiraciones etéreas, sino poniendo los medios:
Aprovechar el tiempo.
Evitar palabras inútiles.
Cuidar mucho más de no herir ni lastimar a nadie con palabras poco caritativas.
Guardar la Regla con fidelidad.
Y así aspirar a sólo Dios. Es una aspiración que recuerda otra: «Ninguna otra cosa deseemos, ninguna otra cosa queramos, ninguna otra cosa nos agrade y deleite sino nuestro Creador y Redentor y Salvador...» (1 Rg. 23. Const. 3.)
Cuando habían pasado sesenta años de escrita esta carta Sor Fidela dejaba este mundo para entrar en la eternidad. Suponemos que en tan largos años leería una y otra vez las palabras de la Madre, que supo conservar con tanto cariño.
Si las puso en práctica a lo largo de su vida, dichosa ella que así se preparó para entrar en la Casa del Padre.
«Bienaventurados también los que creerán sin haber visto.» Dichosas, felices nosotras, si cada día entendemos que el mensaje en forma sencilla de los escritos de la Madre es para cada una, para mi y para hoy.
No basta acogerlo con emoción, sino responder con amor.