Catalana. Profesó el 3 de marzo de 1890 y murió, el 12 de enero de 1931, en el Sanatorio Marítimo, de Barcelona.

Como datos curiosos de su vida podemos recordar lo que ella misma afirmó sobre el impacto que le produjo la figura venerable y el porte señorial de M. Carmen en Tiana, que fue como la chispa que prendió en su alma y despertó su vocación. «En seguida —dice—pensé hacerme religiosa.» Su espíritu Joven no pudo contener la emoción y «aquello que le pasaba dentro» y sintió la necesidad de llamar a sus amigas para mostrarles a Santa Teresa.
La cosa fue madurando. Manifestó a su madre sus deseos y, vencidas las dificultades, ingresó en la Congregación.
Sor Plácida es también quien, por haberse arrodillado en el coro con «el atuendo de limpieza», nos da ocasión para saber con qué respeto y compostura deseaba la Madre que estemos en la Casa del Señor.
Benditos y alabados sean los SS. CC. de Jesús y María.
Antequera, 12 de mayo de 1895 (?).
Mi querida hija Sor Plácida en Jesús y María:
Mucho siento que carezcáis de mis noticias; pues aunque yo no escriba muy a menudo, pero nunca pasa mucho tiempo, pues cuando me caí lo hacía una hermana en mi nombre. Mas no por eso os tengo yo en olvido; no, hija mía. Aquí me tenéis siempre, dispuesta a sacrificarme por vosotras en todo lo que sea necesario. Yo, cuando pueda ya iré a ésa, y si no hay ningún inconveniente, con mucho gusto te daré la profesión; pues por mi parte no tengo ninguno más que mi falta de salud y mis muchas atenciones, que me privan el viajar cuando lo quisiera. Ten tú mucha paciencia en todo, procura llevar todas las cosas con la mayor resignación y ve de adelantar cada día más y más en la virtud y ser muy recogida, muy espiritual, muy amante de la Santa Regla y aprende la vida del Calvario que es la más segura y la más provechosa para el alma. No hay que apurarse por nada: todo lo que padezcáis sea por Dios nuestro Señor; así no perderéis el mérito de vuestros trabajos, y si alguna vez os encontráis fatigadas y me queréis escribir para desahogaros conmigo, nadie os lo puede impedir.
Digo nadie porque me concreto a las superioras locales, que no tienen derecho ni a impedir que me escribáis vosotras ni pueden leer las cartas; cometerían un pecado.
Tú, hija mía, aplícate mucho a las clases y que saques mucho fruto de esas niñas. Dime si han cumplido con la Iglesia esas niñas de la clase. Ruega mucho al Señor por mí para que pronto se arreglen las cosas y tenga el gusto de poder ir pronto y darte la profesión y un estrecho abrazo de tu Madre que te quiere.
SOR CARMEN DEL NIÑO JESÚS.

«Siempre dispuesta a sacrificarme por vosotras en todo lo que sea necesario.» Este testimonio de primera persona es ofrecimiento, es humilde reconocimiento de su función y es resumen de lo que fue su vida: vivió para Gloria de Dios y para el bien de los hermanos, desde los más próximos hasta todos aquellos a quienes pudiera llegar su acción y entrega en el Cuerpo Místico.

En esta carta hay una alusión a su caída. Conocemos varias, provocadas por empujones dados por el mismo demonio. No sabemos a cuál de ellas se referiría; podemos descartar la caída por la escalera del claustro, la que se le complicó por la aplicación de sanguijuelas, ya que, según testimonio de Sor Gertrudis, esta caída tuvo lugar casi recién llegada a la Victoria. Pudiera ser aquella otra que tuvo junto a la fuente del patio, de la que sabemos tuvo que guardar cama. Durante el tiempo en que padeció las consecuencias de la caída, ella seguía con las actividades propias de su cargo, ayudada por una hermana. Al leer esta carta viene a la memoria una frase que más de una vez oímos de labios de don Manuel González, «el Obispo del Sagrario abandonado»: «Más vale hambre sin Comunión que Comunión sin hambre.»
De la respuesta se deduce que Sor Plácida ha expresado sus deseos de profesar. La Madre lo ha recogido y le contesta brevemente para pasar a lo que es básico en el seguimiento de Jesucristo: paciencia, resignación, vida espiritual o interior, santa Regla, sin eludir ni atenuar el núcleo del misterio: la cruz. «La vida de calvario es la más segura y provechosa para el alma.»
Gracias a esta carta podemos conocer parte de su lección del Crucifijo; si la leemos delante del Crucificado parecerá que está ella misma susurrándola en nuestro oído y ayudándonos en nuestra entrega.
La Madre ama a Dios y sabe que la salvación nos viene a través de la Muerte y Resurrección de Cristo, y que nosotros estamos llamados a la corredención; pero también ella ama a las hermanas con el mismo amor que Dios les tiene, y de ahí su afán de consolar, ayudar, confortar: «Venid a mí todos los que estáis atribulados y yo os aliviaré.»
Las obras de Apostolado forman parte de esta misma vida en Dios. La Congregación ha de trabajar para el bien de los hombres: vida interior, educación, asistencia...