CUARTA CARTA A SOR PLÁCIDA

Catalana. Profesó el 3 de marzo de 1890 y murió, el 12 de enero de 1931, en el Sanatorio Marítimo, de Barcelona.
Como datos curiosos de su vida podemos recordar lo que ella misma afirmó sobre el impacto que le produjo la figura venerable y el porte señorial de M. Carmen en Tiana, que fue como la chispa que prendió en su alma y despertó su vocación. «En seguida —dice—pensé hacerme religiosa.» Su espíritu Joven no pudo contener la emoción y «aquello que le pasaba dentro» y sintió la necesidad de llamar a sus amigas para mostrarles a Santa Teresa.
La cosa fue madurando. Manifestó a su madre sus deseos y, vencidas las dificultades, ingresó en la Congregación.
Sor Plácida es también quien, por haberse arrodillado en el coro con «el atuendo de limpieza», nos da ocasión para saber con qué respeto y compostura deseaba la Madre que estemos en la Casa del Señor.
Benditos y alabados sean los SS. CC. de Jesús y María.
Antequera, 24 de mayo de 1898.
Mi querida hija Sor Plácida en Jesús y María:
Todas tus cartas las he recibido y las agradezco mucho y más por tu leal cariño, al que con mucho interés por el bien de tu alma correspondo y te he dado cuantos consejos has necesitado, y hoy te digo que seas muy buena, siendo humilde, callada, obediente y que tengas siempre mucha presencia de Dios y que no olvides nunca que Dios te trajo a la religión para que te hagas una santa y salves tu alma. Yo, hija mía, también deseo verte y a las que son mis verdaderas hijas, y con gusto haría un sacrificio para ir a ésa para verlas a todas. Veremos si Dios me lo concede y, cuando menos lo penséis voy a ésa; si es que el Señor me quiere aliviar porque, estoy muy delicada con los dolores, tengo mucha pesadez para andar y además la enfermedad que se me ha apoderado de los riñones... Ya me han salido bien todos los disgustos que me han dado, porque me han quitado la salud por completo. Pero ya no hay que acordarse de nada; Dios los perdone a todos y a todas, como perdonados yo los tengo también a todos y a todas.
Tú ruega mucho al Señor por mí, que a ti tampoco te olvida tu Madre que te quiere,
SOR CARMEN DEL NIÑO JESÚS.

Es una carta preciosa, reveladora de lo humano y de lo sobrenatural de la Madre: del temple de su personalidad.

Sensible al cariño leal de Sor Plácida, no desciende del plano sobrenatural en que vive para buscar compensaciones humanas, casi siempre egoístas. Le corresponde, sí, para hacerle el bien con «el tanto cuanto»... Refleja la Madre lo que Sor Camila decía en una de sus declaraciones: su aplomo, reflexión y buen juicio de un alma de temple nada común. «Nada de la tierra la tiene ligada.» La Providencia le ha marcado un camino áspero, pero al final la vemos que ha alcanzado la verdadera libertad de los hijos de Dios.
Cuando escribe esta carta ya ha pasado todo. El P. Ocerín dirá más tarde: «Bautismo de fuego que purifica las almas y los Institutos».
La Madre hace referencia como de pasada. Lo ha superado todo con un perdón generoso y “no hay que acordarse de nada”. La Congregación está ya en órbita, aunque el cuerpo, que “no entiende”, haya quedado maltrecho y a punto de romperse. Será entonces la hora de la verdadera libertad. «Si morimos con Él, viviremos con Él». ¿Lo necesita la Congregación? «Si el grano de trigo muere da mucho fruto».