Profesó el 2 de abril de 1886. Fue Superiora de la casa de Mataró. Murió en la Casa madre.

Antequerana. Posiblemente a esto se deba que llevara la primera el nombre de la Madre Fundadora. Tenía dos hermanas más en la Congregación: Sor Matilde y Sor Purificación, y también un hermano sacerdote, don Manuel.
Creo que viene al caso una anécdota traída de la lejanía de la adolescencia allá por el año 21, con ocasión de una visita a las Hermanas de la Victoria.
Fue en la huerta una tarde de verano. Allí, delante del muro de la Escuela Seráfica, había una hermana regando las flores.
Se nos dijo: «Es la Madre Carmen —y bajito—: tiene un cáncer, está operada.» Creo que le faltaba un brazo.
El 2 de enero del año siguiente, 1922, la M. Carmen se fue a la Casa del Padre.
Benditos y alabados sean los SS. CC. de Jesús y María.
Antequera, 6 de mayo de 1896.
Mi querida hija Sor Carmen en Jesús y María:
Voy a complacerte en los deseos que tienes en saber de mí.
Estoy, gracias a Dios, mejor. He tenido, por espacio de cuatro meses o más, un fuerte dolor en los riñones y además un nuevo padecimiento, que se me ha desarrollado, del corazón: me han dado varios ataques bien fuertes, pero gracias a Dios estoy mejor, aunque bien no creo lo estaré nunca, porque no es posible: no es poco el que esté viva. Vosotras pedidle mucho a Dios que yo haga en todo su santísima Voluntad y que, ya que tantas y tantas amarguras experimento en este mundo miserable, que todo me sirva para la santificación de mi alma, que es a lo que aspiro en este mundo; lo demás me es completamente indiferente. Así quiero seáis vosotras: completamente indiferentes a todas las cosas de esta vida, no ocuparos mas que del importante negocio de vuestra salvación, hacedlo todo puramente, por Dios.
Qué cuenta dará al Señor toda religiosa que se le pase el tiempo o bien en conversaciones impropias de su estado, o bien perdiendo el tiempo en cosas no sólo perjudiciales para ella misma, sino como causa de escándalo. No hija mía, no seáis vosotras de ésas. Sed muy puntuales para cumplir vuestras reglas; guardad mucho silencio, para poder tener mucha presencia de Dios, y de este modo no estéis tan expuestas para disiparos y aun para caer en cualquier falta por dejar ir a la imaginación. Cuánto he trabajado yo hasta conseguir esto en esta santa Casa, en la que, por la misericordia de Dios, se vive en gran paz y unión, y tan recogidas que estas criaturas no tienen trato más que con Dios y conmigo. Jamás salen al recibidor con nadie y, como a las gentes nada se les escapa, estuvo un día aquí el señor Vicario a ver un lindísimo amito que se le regaló al señor Obispo de Málaga antes de marcharse a Sevilla y, cuando lo vio y admiró me dijo: «Con razón se dice que las monjas de usted son las más primorosas de Antequera y las más virtuosas.»Ya comprenderás que mucho me halago esto último que se decía eran las más virtuosas; pues ya lo dice con razón, porque están metiditas en su convento sin andar ni arriba ni abajo, en sus rezos y en sus labores. Así quiero que seáis vosotras, pues lo mismo que deseo para las de aquí, deseo para todas vosotras. Mientras mas escondidas estéis y más retiradas de las criaturas, más agradaréis a Dios y mejor ejemplo daréis a las criaturas; que tan necesario es hoy el que las religiosas sean recogidas y se porten con el decoro que corresponde al santo hábito que llevan. Pero... qué pena de tantas que, por no obrar como deben, lo deshonran y pisotean sus santos votos No seáis hijas mías, ninguna de vosotras de estas desgraciadas. Sed humildes, guardad mucho silencio. Mucha caridad unas con otras, mucha presencia de Dios mucha oración; esto os lo aconsejo a todas.
Dales también mis recuerdos y rogad a Dios por la que tan de corazón os da estos consejos, y os ruego no los olvidéis nunca, aunque yo deje de existir; practicadlos en memoria de tu Madre, que os quiere de corazón.
SOR CARMEN DEL NIÑO JESÚS.

Por este tiempo, Sor Carmen estaba en Santa María del Puig. Allí recibiría esta carta, que debió tener un doble efecto: pena por saber que el peso de la cruz está teniendo fuerte repercusión en la salud de la Madre, y de aliento y estímulo.

No hace falta que la Madre diga: «Sed imitadores míos»(Fil. 3,17). Ni es preciso ser lince para ver con ojos limpios de hijas fieles la actitud y el comportamiento de la Madre en las horas de prueba. Debía ser para las hermanas un enorme estímulo a seguir adelante.
Referente a las cosas que pasaban, lo que es sabido de todas, no hay que negarlo; pero la Madre sabe poner las cosas en su sitio, establecer una jerarquía: Voluntad de Dios, santificación personal y del prójimo, y, muy por debajo, las otras cosas.
Como otras cartas, ésta también es una llamada a la vida interior, silencio, recogimiento, clima de oración y de intimidad con el Señor.
Por este medio: la paz y la unión de las hermanas, y el testimonio. La Comunidad de Antequera de aquel tiempo dio a la Madre una compensación de su trabajo por conseguirlo.
A un siglo de distancia, es para pensar que, sin este elemento de una intensa vida interior, nuestra acción dejaría de ser Franciscana de los SS. CC., dejaría de ser evangelizadora, para convertirse en activismo.